SANTA EUGENIA


SANTA EUGENIA DE ROMA, VIRGEN Y MÁRTIR Siglo III Fiel seguidora de Cristo, rinde a los pies el orgullo del mundo; y a través de los senderos de humildad es conducida hacia el cielo. Breviario Mozárabe; Himno de Santa Eugenia. Santa Eugenia nació en Roma en el año 183, de padres paganos llamados Philippe y Claudia. Su padre fue nombrado prefecto augusto de Egipto. Eugenia a la edad de más o menos seis años tuvo que fijar en Alejandría su residencia con sus padres. A pesar de la preocupación por la administración, Philippe no descuidó la educación de Eugenia y sus dos hijos Avitus y Sergio. Eugenia estaba destinada a un enlace digno de su fortuna y rango sin embargo llamó su atención con una solicitud muy tierna. Esta niña mostraba una gran precocidad desde los seis años. A la vivacidad de su espíritu se unía una gran memoria y todo lo que había oído una vez quedaba grabado. Su padre no olvidará nada para fecundar una tierra que se abría con tan bellas esperanzas. No faltaban recursos en Alejandría. Hogar de letras paganas, esta ciudad encerraba todos los tesoros intelectuales del mundo antiguo. La alta posición de Philippe le permitía elegir entre los mejores maestros. Los progresos de Eugenia daban una actividad incesante a su interés y a su orgullo un útil y precioso alimento. Apenas tenía 15 años cuando pasó del estudio del griego y latín a la Filosofía. Estos diversos conocimientos ofrecidos a su espíritu se clasificaban allí sin esfuerzo, dando luz a nuevos días a medida que se acercaba el fin de esta rara y brillante educación. Philippe no dejaba de contemplar con orgullo la flor que se abría bajo sus ojos, y que daba tanto brillo a su hogar. Estos ornamentos de inteligencia no eran los únicos adornos de Eugenia; ella estaba dotada de todas las gracias de la naturaleza, pero Dios la había dotado con una belleza superior a las otras; el alma de virgen, secretamente dominada por los lazos de la castidad, resplandecía con todos los encantos de ésta angélica virtud, marca segura de un alma bien hecha. Había llegado el momento que el prefecto debía buscar para su hija un partido digno de ella; y en 199, Aquilio, hijo del Cónsul Aquilino viene a pedir su mano. Philippe tantea a Eugenia sobre este asunto. Philippe le hizo pensar a su hija que Aquilio venía de una familia muy importante, sin embargo ella respondió que lo más importante para la elección de un esposo no era su nacimiento sino su comportamiento. No se vive con los padres de tu esposo sino con él. No desagradó a Philippe una respuesta tan madura, pero tenía un alcance que él no sospechaba. Le llegaban solicitudes de todas partes pero el amor a la virginidad le hacía rechazarlos, mientras tanto un libro de las Epístolas de San Pablo cayó por casualidad en sus manos, y solo él reafirmaba mucho más las verdades que en los setecientos mil volúmenes de la gran biblioteca de Alejandría. ¡Todo esto iluminó su alma y devoró las páginas misteriosas y llenas de luz! Nosotros no la seguiremos en esta sublime iniciación a la moral Cristiana; el resto de su vida nos demostrará que ha sido una discípula digna del gran Pablo. Él le había enseñado la necesidad del Bautismo para la salud. Ella le solicitaba para todas las aspiraciones de su alma Cristiana en el corazón; sin embargo, ¿qué podía hacer en un medio pagano donde era retenida por su edad, sexo y rango? Cuántas noches pasadas en agonía y cuántos proyectos que no podría realizar. No puede abrirse a su padre que no soporta a ningún cristiano en la capital de Egipto. Su madre tampoco puede hacer nada por ella porque está sumergida en las tinieblas de la idolatría. Eugenia apenas cuenta con dieciséis años y ya las santas agitaciones que alteran su alma han alterado el frescor de su cara; Sus padres se preocupan pero ella no puede desvelarles el secreto. Dios viene en ayuda de quien aspiraba al honor de ser su sierva. Eugenia dice a sus padres que necesita reposo en el campo. Ella ya no ignoraba que las Santas Teorías del maestro del cual ella tenía las epístolas, recibía cada día y a cada instante su aplicación en los alrededores de Alejandría y en todo Egipto. Para ese motivo dejó la casa paterna y no pensaba regresar. Philippe no podía imaginar lo que pensaba su hija y por eso accedió al deseo de su hija. Acompañada de dos jóvenes eunucos llamados Protus y Jacinto, que habían crecido con ella y participado en su educación, gracias a las costumbres principescas de Philippe, Eugenia salió de Alejandría. Su padre poseía ricos dominios en algunas partes de Alejandría: es allí donde ella va a madurar la ejecución de su gran propósito. En su viaje oye los cantos Cristianos y hace parar su carro. Ella escucha y sus oídos quedan impregnados de estos cantos proféticos. "Dios es grande y es digno de toda alabanza; él es formidable por encima de todos los dioses. Todos los dioses de las naciones son demonios; pero nuestro Dios nos ha hecho el cielo. La gloria y la belleza van delante de él; la santidad y magnificación están en su santuario. Con estas palabras: "Todos los dioses son demonios, pero nuestro Dios nos ha hecho el cielo", Protus y Jacinto la ven suspirar y llorar. "Conmigo", ella les dice, estáis librados del estudio de las letras. La historia nos da a conocer los hechos que glorían y deshonran a los hombres. Hemos consagrado nuestro tiempo a los silogismos elaborados por los filósofos. Pues bien todo este fundamento de la ciencia se viene abajo ante la expresión de este único pensamiento que acabamos de oír tan alegremente de los cristianos: todos los dioses de las naciones son demonios, pero nuestro Dios nos ha hecho el cielo. El carro siguió su camino hasta la ciudad de Philippe. Allí, tomando a parte a Protus y Jacinto, Eugenia entra con ellos en las consideraciones más conmovedoras de la nueva religión que va a abrazar. Ella les da páginas de las lecturas de las epístolas que han aportado luz a su espíritu. Ella es tan penetrante, elocuente y persuasiva que a la sorpresa le sucede pronto en sus espíritus una profunda convicción, y sus creencias no tardan en estar en armonía con la de Eugenia. Pasaron algunos días y la virgen al fin libre y llena de confianza y con la bendición que Dios dio a sus pasos, recobró el frescor en el rostro. Las dificultades ante ella estaban lejos de estar allanadas pero las sostenía la esperanza. Tan pronto suplicaba al cielo, como llamaba a sus jóvenes compañeros para consolidar su nueva fe. A menudo estaba sola y soñaba con la ejecución de su proyecto. Sabiendo que los Salmos que los cristianos la habían impregnado, estaban bajo la dependencia de un obispo llamado Heleno y que este obispo cuidaba todas las iglesias, había confiado esta numerosa reunión de hombres a un sacerdote llamado Teodoro, descubre a sus compañeros que ha tomado la decisión de cortarse el cabello, vestirse como un joven patricio y de emprender con las primeras luces del alba el camino a Alejandría. Este plan, y de acuerdo con sus compañeros se llevó a cabo a la hora dicha. Cristo bendecirá los pasos de los que creen en él: El éxito completo coronará su audacia santa. Apenas bajó de su carro Eugenia, oyó los cantos que parecían formados por un gran número de voces. Poco a poco los pasos se aproximaban y se dio cuenta que un gran cortejo se acercaba. Era una multitud de cristianos que se apresuraban tras el obispo Heleno. Eugenia y sus compañeros los siguen, y después de la celebración de los divinos misterios, fueron presentados al obispo. Este sabiendo de qué sexo era Eugenia, que le fue presentada bajo el nombre de Eugenio, y sabiendo los designios de Dios sobre la joven virgen le autoriza a vestirse como un hombre. Él ordenó que ella no se separase de sus compañeros, seguros protectores de su virginidad. El no les abandona hasta que les haya hecho catecúmenos bautizados por su propia mano, revestidos con la túnica santa, y admitidos entre estos, hacia los cuales habían dirigido sus primeros pasos. Mientras sucedía esto, los padres de Eugenia desesperados al ver que el carro regresaba vacío hicieron inútiles búsquedas para encontrarla; y Philippe a quien los clérigos paganos habían hecho creer que ella había sido subida al cielo por los dioses, hizo una estatua de oro a su hija y la hizo adorar como una diosa. Eugenia, a la que llamaremos a partir de ahora Eugenio, se veía ahora en el cúmulo de sus votos. Dentro del secreto de su soledad se dedicaba a adquirir virtudes cristianas y religiosas y su espíritu se dedicaba al estudio de las palabras santas. Hizo tantos progresos que en el segundo año sabía de memoria todas las escrituras divinas. Por otra parte nunca nadie había conseguido llegar a tan alto grado de perfección. La serenidad de su alma era tan grande que todos decían que era un ángel. ¿Quién iba a sospechar que una joven por la virtud de Cristo y por su virginidad sin mancha era una maravilla para todos estos santos anacoretas? Su lenguaje respiraba humildad y anunciaba tanta distinción como mesura. No tenía ni un defecto. Ella estaba sobre las palabras y pasaba a todos los hermanos religiosos en modestia y discreción. Iba la primera a las reuniones Santas y era la última en marchar. Ella encontraba en su corazón consuelo para todas las tristezas y una amable simpatía para todas las alegrías. Solo una de sus palabras y la cólera se dulcificaba. El orgulloso encontraba tanta amabilidad en sus ejemplos que el lobo se convertía en cordero. En una palabra, ese era el carácter dominante de su virtud. Ella se mostraba animada, al contrario que todos, de una caridad verdadera que no estaba solamente en su boca sino en el fondo de su corazón. En poco tiempo la gracia de la curación le fue enviada de lo alto; y su crédito vino tan potente de Dios que sus visitas a los enfermos le aportaban más que consuelo; ella les daba la santidad. Tres años pasaron desde que la hija de Philippe sorprendía a los santos habitantes de los desiertos por sus virtudes siempre crecientes: ella recibió una gran recompensa por su humildad, paz y serenidad de su alma. El sacerdote Teodoro que era encargado a los hombres de Dios, pasa al Señor; y todos los hermanos estuvieron de acuerdo en darle por sucesor a aquel que era un ángel de virtudes, el hermano Eugenio. ¿Era ella ante tal expresión de voto? Su primer pensamiento fue arrojar el cuidado de su alma al seno de Dios. El no la ha guiado y puesto tanto amor en su alma para tenderle ahora una trampa. El le ha dado bajo el refugio de ropa de hombre un cuidado tan paternal. Ella es mujer y eso va en contra de las normas. Después de haber preguntado al cielo se dirige a sus confidentes en la tierra, pero ellos no pueden aconsejarles. Ellos siempre le han visto la primera por sus condiciones y virtudes; a ellos les parece que es Dios quien la llama. Sin embargo ellos se someten a sus súplicas esforzándose en trabajar el espíritu de los hermanos en un sentido contrario a su elección. Sus esfuerzos son en vano pues su humildad recibe aún más resplandor. Se convoca la asamblea de hermanos y Eugenio que no puede revelar su secreto, hace un sacrificio que es acogido con una alegría unánime. A partir de entonces se encargará de la solicitud universal olvidándose de ella misma. Para obedecer a la voz del cielo siempre se la ve la primera en todos los oficios que hasta ahora habían sido ejecutados por los últimos de los hermanos, como transportar agua, limpiar y cortar madera. No quiere parecer superior al humilde solitario que cuida las avenidas. Ella no velaba menos, con una gran actividad a la refección de los hermanos. Ella daba un celo muy especial a las divinas palabras. Tercia, sexta, nona, vespertina y todas las horas eran objeto de su cuidado y vigilancia; Ella parecía como desahuciada por Dios, durante las horas, o en el más pequeño instante que no era consagrado a la alabanza de Dios. Sus consejos a los hermanos estaban impregnados de una humildad profunda y una ardiente caridad. Ella, sobre todo les recomendaba que tuviesen cuidado con lo que hablaban. "Es el precepto del Señor", decía ella. "Hay solo una manera de glorificar a Dios y de testimoniarle el respeto debido a su majestad: Obedecer sus mandatos". Así iba hacia la perfección el abad que Dios mismo había hecho en una vista de misericordia de la cual el admirable secreto no tardará en revelarse. Los Santos coloquios con la virgen y el cielo no eran interrumpidos ni de día ni de noche; su vida era una continua oración. Ella se eleva en la gracia por la manera de llevar a cabo su encargo, ella expulsaba los demonios de los cuerpos que estaban poseídos y habría los ojos a los ciegos. La profunda humildad de Eugenio no servía mas que para dar mas lustre a su virtud: y Dios se regocijaba en rehacer la santidad de esta alma por las bendiciones que el concedía a sus plegarias. La repercusión de las curaciones milagrosas, debidas a la santa intervención del abad, se sabía en todas partes, y una dama de Alejandría después de un año atormentada por fiebre le fue a pedir algún remedio para sus sufrimientos. Esta dama se llamaba Melantia y era de un alto rango. Ella era más rica en bienes terrenales que en virtudes de su alma. Un carruaje depositó a los pies de Eugenio a tan ilustre enferma, que hizo sobre ella la señal de la cruz. Apenas unas gotas de aceite tocaron a Melantia recobró su santidad, y pudo ir a pie a su casa. La enferma quiso testimoniar su agradecimiento a su médico y al regresar a su casa, eligió tres copas de plata y se las envió a Eugenio. El Abad dio orden de hacérselas devolver a Melantia dándole las gracias y diciendo: “nosotros ya tenemos bienes en abundancia, si usted quiere creerme, déselos a los más pobres y necesitados que nosotros”. Melantia, entristecida por el mensaje no quedó contenta y fue ella misma a entregarlo, e hizo nuevas ofrendas y mas considerables. A partir de ahora se sintió atraída por Eugenio que no le había dicho que era una mujer. En el pensamiento de esta mujer estaba no la gran virtud, sino la gran habilidad del médico que la había curado. Con el objetivo de inspirarle un mínimo gusto por su estado santo ella exponía de ver en cuando algunas palabras reservadas y después expresadas. Eugenio, con esta bella simplicidad que gustaba a Dios no sospechaba nada sobre los sentimientos de esta mujer, y respondía a sus insinuaciones mundanas, pero solo le importaba su salud. Los anuncios divinos y los consejos no fueron escatimados. Pero la cordura no entra en un alma dedicada al mal; no mora en un cuerpo sujeto al pecado. Melantia continuaba alimentando sus deseos insensatos, y esperaba triunfar con Eugenio a través de los regalos. No podía juzgar la virtud porque no la conocía. Ella pensaba que el rechazo del joven abad era debido a una codicia excesiva y no puso límites a ofrecimientos y promesas. Ella insistió mucho tiempo pero Eugenio le devolvía todos los regalos que le enviaba. Al fin cediendo al mal que la minaba interiormente, Melantia pensó que era mejor recurrir al fingimiento: ella dijo que estaba enferma y rogó al joven médico que viniese a verla. Eugenio accedió y fue a sentarse al lado de la cama de Melantia, que le declaró su amor. Eugenio comprendió al final toda la situación y pensó que era mejor desvelar su secreto pero no lo hizo. “No es culpa vuestra” dijo Melantia haciendo la señal de la cruz, “que vuestro nombre incluso testimonia la maldad de la perfidia”. El infierno tiene un gran lugar en vuestro corazón. Atrás, embustera Melantia ¡Nosotros no traicionamos la castidad, nosotros no sufriremos ofensas contra nuestra virginidad!. No, María madre de Dios y Virgen, nosotros no fallaremos a nuestros juramentos. Nuestro esposo es Jesucristo. Nosotros combatiremos bajo otra bandera. Dejad vuestra riquezas a vuestros maestros que se o parecen. Nuestros placeres son mendigar con Cristo, pobres como el, nosotros somos suficientemente ricos. La dicha no está dentro de la pasión de la cual o dejáis dominar. Mantener al dragón, vosotros destiláis el veneno. Pero nosotros con el nombre de Cristo sabemos escapar del veneno y encontrar la misericordia de Dios”. Eugenio estaba ya lejos cuando su boca interprete de un corazón santo e indigno dirigió a Melantia sus últimas palabras. Esta no pudo soportar la vergüenza de tal decepción y con el temor de ser acusada si ella no era primero la acusadora, partió para Alejandría y se presentó delante de Philippe, padre de Eugenio. ¡“ Yo lo he hecho hoy mismo”, le dijo Melantia, encontré a un joven malvado imitador de los cristianos. Me conoció como médico y debido a su título lo llamé a mi lado. Añadiendo palabras pérfidas, la audacia de la mujer hacia que su propio crimen cayese en manos de la virgen inocente y casta. El Prefecto Philippe tenía un alma honesta: su cólera se encendió. El despertó a toda prisa a una escuadra de ordenanzas que tenían la orden de traer al abad encadenado, y de detener con él a todos los hermanos. Fueron llevados por toda la villa de Alejandría como un vil rebaño hasta el recinto de la metrópoli. El pueblo de Alejandría siempre ávido de emociones los rodeaba y eran arrastrados hacia el estadio. Pero fueron sacados de su impaciencia por la intervención del Prefecto. Philippe sabía de la carta de Adrián que exigía que los cristianos, por estar condenados fuesen jurídicamente acusados. Los hizo encarcelar pero tuvieron que repartirlos por varias cárceles dado su gran número. No se tardó en fijar el día de la ejecución. Mientras tanto un gran rumor agitaba la ciudad. Melantia paseaba por toda la provincia sus mentiras. Todos creían y todos condenaban con anticipación. A los ojos del Prefecto en particular era evidente que una mujer noble como Melantia no mentía; y el pueblo ya se imaginaba el espectáculo de las hogueras y las bestias feroces triturando a los corruptores y diversos suplicios que tendrían que sufrir. Toda Alejandría estaba en movimiento el día tan esperado. De todas las ciudades cerca de Alejandría paganos y cristianos acudieron al espectáculo. Estos últimos para mojar sus vestiduras en la sangre de las víctimas, recoger los cuerpos y darles sepultura. Los clérigos e incluso los obispos permanecían en sus lugares fuera del sacrílego recinto. Esperando el momento de poder precipitarse allí con los fieles piadosos. Los paganos daban gritos de alegría ante los preparativos del solemne interrogatorio: Las bestias rugen y se preparan los potros de tortura; los látigos, las llamas, los verdugos y diversos instrumentos de suplicio destinados a arrancar los secretos de los corazones, todo está preparado. El prefecto Augusto es anunciado y toma lugar en el tribunal bajo las aclamaciones de la multitud. Sus 2 hijos Avitus y Sergio están a su lado. Traen a los cristianos encadenados, y con collares de hierro. El abad viene en cabeza. Los clamores del pueblo se redoblan y son cada vez mas amenazantes. El Prefecto impone silencio y se acerca a Eugenio, el quiere escuchar la verdad de sus labios y sin intermediarios. Él le preguntó: ¿Dime cristiano, tú el más criminal de todos, las enseñanzas de Cristo os recomiendan la corrupción y tender trampas a las matronas? Responde infame y confiesa, médico fingido, tu audacia y atrevida tentativa contra Melantia”. Eugenio bajó los ojos para no ser reconocido por Philippe y respondió: “Al Dios que yo sirvo nos ha enseñado la castidad; y a los que conservan la integridad de su cuerpo les promete una vida que nunca terminará”. En cuanto a Melantia, nos seria fácil demostrar que comete falso testimonio, pero mas nos vale a nosotros soportar vuestras torturas que exponerla a ella, confundiéndola a algún desengaño molesto, perderíamos el fruto de nuestra paciencia, y nuestra ley nos ordena devolver el bien por el mal. Sin embargo vuestra sublimación toma como prueba los invencibles principios que no haréis recaer sobre esta mujer la sentencia que nos amenaza que vuestra venganza no perseguirá su falso testimonio entonces consentiremos en probar que ella nos imputa un crimen del cual es autora. El Prefecto jura por la vida de los príncipes que acudirá a su demanda y Eugenio dice: “Oh Melantia ¡pérfida Melantia, es todavía para el pueblo un misterio lo que no es para tu conciencia. Dios ve todas las cosas y castigara tu calumnia!. El pueblo murmuraba: El procedimiento estaba alargándose demasiado para su impaciencia. Mientras tanto aparece un esclavo. Este esclavo había sido formado en la escuela de Melantia; ella entra en detalles crudamente acusadores, que otros acusadores confirman. Estos detalles pican la curiosidad de la multitud; y con esta mobilidad que la caracteriza segura de sus numerosas víctimas, ella muestra al Prefecto con un silencio aprobador que quiere oír nuevos testimonios. El los llama y su deposición viene a apoyar la del esclavo. Interrogados uno a uno todos testimonian que ella dice la verdad. “¿Qué tienes que responder?, le dice el juez a Eugenio; ¿que tienes que responder a tantas pruebas tan aplastantes?. Eugenio era dado en espectáculo a los ángeles y hombres: Dios permitió que ella fuese escuchada. “La hora de hablar ha llegado después de la hora de callarme. Si es bueno esconder el secreto del rey es honorable revelar y confesar las obras de dios. Yo hubiese querido, ante el crimen que me es imputado, esperar las revelaciones del juicio futuro y mostrar mi castidad al único por el amor al cual debemos guardarla. Mientras tanto para no dejar triunfar a la calumnia voy a exponer toda la verdad; no para hacer alarde sino por la gloria del nombre de Cristo. Tal es la virtud de este nombre que la mujer bastante dichosa por haberle conocido se elevó a la dignidad de hombre. La Fe es más importante que la diferencia de sexo. Son las enseñanzas del Apóstol San Pablo, maestro de todos los cristianos, las que dicen que ante el Señor no hay hombres o mujeres, porque somos un solo Jesucristo. He aquí la norma que yo he abrazado con todo el ardor de mi alma. Confiando en Cristo yo no he querido ser mujer pero estaba absolutamente convencida de preservar mi virginidad y he asumido la persona de hombre por Jesucristo. Con estas palabras ella levantó la cabeza y desgarró su túnica se volvió al Prefecto al cual apareció como mujer: “Usted es mi padre”, gritó y “Claudia es mi madre”; y he aquí a vuestros lados están mis hermanos Avitus y Sergio. Yo soy Eugenia!... vuestra hija,... que por amor a Cristo ha desdeñado el mundo de la nada y los placeres. He aquí a Protus y Jacinto mis eunucos, con los cuales yo entre en la escuela de Cristo; Cristo ha sido un buen maestro, el me ha devuelto por su misericordia en contra del vicio, y espero pertenecerle para siempre!”. Renunciamos a describir este sublime momento. El pueblo lanzó una inmensa aclamación. Eugenia es estrechada en los brazos de su padre, su madre y sus hermanos. Toda la ciudad había llorado la desaparición de Eugenia y ahora aplaudía su triunfo. Se le llevó un vestido adornado con oro. La austera túnica dio lugar a un rico vestido digno de la hija de el Prefecto Augusto. Y es llevada a hombros en medio de la aclamación del pueblo que repite: “Solo hay un Cristo” el único y verdadero Dios de los Cristianos”. Mientras que Eugenia llega al palacio en medio de la aclamación popular su castidad recibe un magnifico testimonio. El cielo habla a su alrededor; un fuego vengador desciende y envuelve la casa de Melantia se reparan los falsos testimonios y no deja un vestigio de todo lo que le había pertenecido. El pueblo aplaudía la justicia de Dios y a consecuencia de esta emocionante peripecia hubo innumerables conversiones. La más importante fue la conversión de los padres y hermanos de Eugenia. Todas las iglesias se abrieron después de ocho años de veto, y los cristianos llamados de nuevo a la capital. El obispo Demetrio no solo pudo ejercer sus funciones en Alejandría sino que tuvo el privilegio de bautizar al Prefecto. Toda la familia siguió el ejemplo de Augusto y también fueron bautizados Claudia, Avitus y Sergio. Esta conquista cristiana de Eugenia iba directamente contra el nuevo edicto de Severo que prohibía el proselitismo; y mientras tanto en vez de acelerar la persecución suspendió los efectos en Alejandría. Philippe que no ignoraba el contenido de este edicto dirigió al emperador un informe en el cual toda alusión al proselitismo era hábilmente descartada. Se contentaba con exponer que según su opinión los cristianos era útiles al imperio y que convenía dejarlos en paz vivir en las ciudades. El pasado del Prefecto era una garantía de futuro a los ojos del emperador. El estimaba a Philippe porque debido a su sabia administración Egipto había prosperado: su informe recibió el asentimiento por parte de Severo. A partir de entonces los fieles tuvieron toda clase de privilegios y la ciudad de Alejandría se convirtió en toda una ciudad cristiana. Las repercusiones tan felices se hicieron sentir en todas las ciudades vecinas, y por todas partes el hombre cristiano fue floreciente y aclamado. Eugenia no descanso después de su triunfo. Llamada a hacer el bien multiplicó sus obras de celo y devoción. En adelante su apostolado solo se dirigirá a las vírgenes. Cada día había más y recogían de sus labios virginales las lecciones de Fe Cristiana; han pasado apenas unos meses y se elevó un magnifico monumento al lado de los pórticos por los cuidados de Eugenia, que pronto será el albergue para las nuevas esposas de Cristo. La Santa hija del prefecto sabía como usar su crédito en el corazón de su padre, para conseguir todo lo que era útil para el avance de la religión. Claudia rivalizaba con su hija bien amada y había detenido la construcción de un edificio destinado a acoger extranjeros. Estas obras eran el fruto de la paz profunda de la que gozaban los cristianos en Alejandría. Sin embargo esto no iba a durar mucho tiempo. Eugenia había cumplido 20 años cuando su padre le fue arrebatado por el martirio. Este fue un golpe muy duro para su corazón. Ella perdía un padre que la había amado mucho y que fue su conquista en la fe. Hubiese sido inconsolable si no hubiese tenido esperanza. Encontraba un admirable contrapeso a su dolor contemplando la corona en la frente de Philippe. Hija de un mártir. Ella estaba orgullosa de ser huérfana a este precio; y ambicionaba para ella misma correr la misma suerte que su padre. Hacia el año 204 se apresuró en regresar a roma con su madre y sus 2 hermanos. Un largo tiempo correrá para la noble hija de Claudia, en un silencio que recuerda a sus primeros días de humildad. Allí, habían bastado 3 años para traer su primer triunfo. El triunfo más grande de su martirio en Roma se hará esperar durante 53 años. Durante la persecución de Déce, Eugenia no cesa de perseguir en Roma, el apostolado para el que había sido consagrada. Ella en esta época avanzada de la vida no se contenta reunir jóvenes vírgenes; Las matronas Romanas rodeaban en gran número a la venerable sexagenaria, que les enseñaba la palabra de la fe y las animaba contra los esfuerzos desesperados de sus perseguidores. Bajo la amenaza de la espada, su celo infatigable y santamente audaz operaba ilustres conversiones entre las que se cuenta una joven virgen de sangre real llamada Basilla, que no tardará en sufrir el martirio así como Protus y Jacinto. Había llegado para Eugenia la hora del último combate ella había enviado al seno de Dios y al gozo eterno, donde estaba su padre, a un número infinito de vírgenes y entre ellas su querida y tierna acompañante Basilla. El cielo le había enviado a sus inseparables Protus y Jacinto y ella no tardaría en reunirse con ellos. Dios le reservaba otro triunfo que iba a inmortalizar su vejez en Roma. Esta ciudad era la arena donde había seguido su carrera sin que su humildad le permitiese pensar que había logrado su meta. Fiel a las lecciones del Santo Pablo, su primer maestro, ella olvidaba, como el, lo que estaba detrás., avanzando siempre. La ilustre virgen iba por fin a conseguir el premio del cual se sentía llamada desde lo alto por Jesucristo. Eugenia compareció ante el prefecto Niceto. La queja contra ella había sido oída por los emperadores: y Gallien lanzando su decreto contra Basilla, había condenado a Eugenia al mismo tiempo. “sacrificarse a los dioses o morir bajo tortura”. Niceto la condujo al templo de Diana y mandó sacrificarse a la diosa. “Tu te sacrificarás “Le decía el feroz bedel. Sino yo tengo en la mano con que atravesarte y el blandía su espada. Ella fue arrastrada hasta la isla de Laconia, llamada también isla del Tiber, e igualmente célebre en la historia de Roma pagana y de Roma Cristiana. Llegó al edificio consagrado a la diosa, cuando preparado para golpear al alguacil dijo: “Redime tu vida y patrimonio, Eugenia, y sacrifícate a la diosa Diana”, “Dios mío gritó la generosa mártir, extendiendo las manos., tu que conoces los secretos de mi corazón que he conservado por ti mi virginidad intacta, que me has unido a tu hijo Jesucristo, mi señor, que has hecho reinar en mi Espíritu Santo, ven a ayudarme en la confesión que yo hago de tu Santo Nombre, y cubre de confusión a todos los que adoran este ídolo y se glorifican de sus simulacros”. Cuando acabó su plegaria hubo una violenta sacudida el templo tembló desde sus cimientos y se hundió con el ídolo ella misma. No quedó mas que el altar delante de la puerta, donde se tendía Eugenia. Este prodigio atrajo a mucha gente; y del seno de esta multitud miles de voces se elevaban, unas proclamando la inocencia de Eugenia y otras la tratan de maga. El prefecto informó al emperador y Eugenia fue condenada a ser arrojada al Tiber con una enorme piedra al cuello. Pero el que había sido con Eugenia su apóstol sobre la mar, no abandona a Eugenia en el río y la enorme piedra se desata del cuello de Eugenia y todos pudieron verla tranquilamente sentada y como llevada por los ángeles sobre las aguas del Tiber. Se la retiró de las aguas para exponerla a un nuevo suplicio. Las olas había salvado a su víctima pero no escaparía a la acción del fuego, según sus perseguidores. Fue condenada a ser arrojada a una hoguera. Se arrastró a Eugenia a través de 2 regiones al otro lado del Tiber y de Circus Máximus, hasta la Porta Capena, donde Severo había edificado las termas de su nombre en el 202. No fue sin intención que la providencia la había reservado este nuevo teatro a la mártir : Su presencia en las termas de Severo recordaba que este príncipe había sido su primer perseguidor; y los últimos triunfos de la hija de Philippe se conectaban con éste que la había ilustrado en Alejandría. Cuando ella estaba en las llamas el hipocausto se apagó hasta tal punto que los baños perdieron su calor de repente. En vano se intentó volver a encender el fuego. La madera que estaba en el hipocausto solo producía humo espeso que amortiguaba el brasero y le impedía arder. No lejos de allí había un calabozo tenebroso donde se recurría a encerrar a los que resisten el agua y el fuego. Se condenó a Eugenia a estar allí 10 días sin alimento, agua y luz. Pero los que la habían arrojado a las tinieblas no sabían que allí estaba también Dios con ella. El Dios de la luz que ordena a la aurora aparecer o desaparecer iluminó la prisión y Eugenia incluso estaba resplandeciente. El Salvador que apareció durante su largo ayuno; vino hacia ella y en sus divinos dedos traía un pan de un blanco brillante e infinitamente delicioso. “Eugenia”, él le dice; recibe este pan de mi mano: yo soy tu salvador, el que tú has amado con toda la fuerza de tu espíritu y corazón. Quiero recibirte en el cielo el día en que yo descienda a la tierra. Y diciendo estas palabras desapareció. Esta antesala del paraíso, la cita celestial que le habían dado dejó a Eugenia embelesada. Las pulsaciones de su corazón no fueron más que ardientes deseos a su bien amado. El día de la Natividad del Salvador, un gladiador recibió la orden de entrar en la prisión y perforarle la garganta. Su alma se elevó a los jardines del esposo. Un mosaico del siglo XVI nos muestra a Eugenia entre; los palmeros celestes, la corona de la esposa en la mano. Allí María está sentada en un trono, escoltada por ángeles y con su hijo en las rodillas. Inclinados ante el trono de gracia los magos ofrecen sus regalos y detrás de estos tres reyes, primicia de las naciones llamadas a beber del vino que hace germinar las vírgenes , se despliega en una sola línea, una serie majestuosa de veintidós santos de los cuales Eugenia cierra la marcha triunfal. Se ve todavía en la iglesia de Varzy un tríptico muy remarcable del siglo XVI que reproduce por la pintura la vida de Santa Eugenia. La cara exterior de las tablas representa, a la izquierda. El Martirio de San Esteban ; a la derecha el de San Lorenzo. San Esteban lapidado levanta los ojos a la trinidad que está colocada encima. En el claro oscuro está la figura de Saulo que fue después San Pablo. San Lorenzo está encima de unos hierros ardientes y sus verdugos le dan vuelta con un gancho de hierro. Decius y Valeriano son testigos de esta escena. Si se abre el tríptico se ve al fondo, en la tabla del medio, un interior de capilla: es de la orden de San Benito y comienza el oficio, el clérigo va a mostrar el altar, y Santa Eugenia en ropa de monja, se presenta al pie del santuario para ser admitida en el convento. En medio del mismo panel, Santa Eugenia es representada en el momento en que va a ser decapitada en presencia del emperador Gallien que está sobre su trono a la derecha. Detrás de el están los doctores y familiares, a la izquierda se encuentran otros personajes de su séquito. El verdugo está colocado detrás de la Santa, con los brazos y el sable elevados; entre las piernas del verdugo que están separadas se ve una figura que parece enseñar los grados del trono: se presume que es el retrato de pintura de esta remarcable página. En la parte baja de este mismo panel hay dos inscripciones: una en alemán antiguo que no se ha podido traducir; la otra en latín es la antifona del oficio de la Santa. Detrás de Santa Eugenia, un poco a la izquierda, hay gente del pueblo, y en una especie de cripta bajo el enlosado de la capilla, hay 2 figuras que deben ser Protus y Jacinto. Los fieles servidores de Eugenia. El pequeño panel de la izquierda representa a Santa Eugenia descubriendo su pecho para rechazar las calumnias de Melantia, y reconocida por su padre. Guardias y alguaciles ocupan el fondo de la escena. Sobre otro panel, a la derecha, se ve la aparición de Eugenia a su madre, que le tiende los brazos; un grupo de ángeles sostiene a la Santa y otro grupo canta el Te Deum; cerca de la madre de Santa Eugenia está la tumba de la mártir. La leyenda de Santa Eugenia se completa de frescos que datan de finales del siglo XII y que a pesar de su deterioro se pueden apreciar en la catedral de Nevers. Vamos a describir las principales escenas. En la primera Eugenia con las manos atadas, está delante del emperador Gallien, sentado en su trono. En la segunda, la Santa de pie con una gran piedra atada al cuello está a punto de ser arrojada al Tiber. En la tercera se desliza dulcemente sobre las aguas a pesar de la piedra atada a su cuello. Una mano en el nimbo crucífero aparecía en el cielo encima de su cabeza. En la cuarta se la ve de pie en la hoguera y las llamas no ejercen ninguna acción sobre ella: la misma mano de la escena precedente se encuentra igualmente en el cielo, limitada por un arco de medio punto, bajo el cual se ven las termas de Severo. Al final, en la quinta se ve a Eugenia sentada en la prisión y a nuestro Señor Jesucristo dándole pan.

CULTO Y RELIQUIAS

El cuerpo de la virgen fue recogido por cristianos y depositado no lejos de la ciudad sobre la vía latina, en una tierra que le pertenecía y donde ella misma había dado sepultura a un gran número de Santos. Todavía se llama hoy el cementerio o la catacumba de Aproniano. Se construyo una basílica en Roma, sobre la vía latina, para resguardar los gloriosos despojos de Santa Eugenia y su madre. Existía todavía en el siglo VIII, y fue restaurada por los papas Juan VII y Adriano I. Este último pontífice para glorificar la memoria de la virgen perpetuando la obra por excelencia su vida entera, construyó, al lado de esta basílica un monasterio de vírgenes que tenían que cantar allí sin interrupción las alabanzas divinas. León III y León IV enriquecieron con ornamentos preciosos el oratorio de nuestra Santa, y fue allí donde en una época muy lejana tuvo lugar la estación del cuarto domingo de adviento. Hoy no queda ninguna huella de esta basílica. Desde finales del siglo IX el cuerpo de la Santa no descansó en esa basílica. Bajo el pontificado de Esteban VI, fue transferido con el de Claudia a la iglesia de Los Santos Apóstoles, donde sus reliquias enriquecen aún hoy. Roma ofrece recuerdos de Santa Eugenia en otra parte además de la basílica de los Santos Apóstoles. En el santuario de San Pablo allá regola, una inscripción del 1096, menciona, entre los tesoros de esta iglesia las reliquias de nuestra Santa, y en Santa Anastasia un hueso de un brazo de Santa Eugenia, virgen y mártir se presenta cada año a la veneración de los fieles que visitan esta iglesia el día de la estación. La fiesta de Santa Eugenia todavía se celebra en Roma en la basílica de los Santos Apóstoles; ella es trasladada al 30 de diciembre. La Iglesia Española reivindica para ella las reliquias de Santa Eugenia. Salazar habla de un traslado que habría sido hecho a mitad del siglo XI. En la antigua diócesis de Auxerra, se celebraba la fiesta el 18 de Mayo, aniversario del traslado de sus reliquias bajo el pontificado de Juan X, Gandry, el obispo numero cuarenta y tres de Auxerre fue a visitar las tumbas de los Santos Apóstoles en Roma. El soberano pontífice le hizo el regalo de las reliquias bastante considerables de San Lorenzo y Santa Eugenia. El las depositó con solemnidad en su catedral el 18 de Mayo del 923; después hizo la distribución. El abad de San Germán tuvo una parte, la segunda permanece en la catedral, pero la parte más considerable fue destinada a la ciudad de Varzy: Desde el siglo V había en esta ciudad, bajo el vocablo de esta Santa, una iglesia cuya fundación es atribuida a San Germán; estaba en ruinas. Gaudry aprovecha esta circunstancia para hacerla reconstruir, después depositó las preciosas reliquias. Cerca de allí hizo construir una casa de reposo que estaba habitada muy a menudo por el y los obispos de Auxerre, sus sucesores. La iglesia se convirtió en colegiata fundada en 1090, y sirvió de parroquia para nueve canónigos de los cuales la clave era el canto. Cuatro capellanes, un subcantor, un sacristán y cuatro niños de coro formaban el bajo coro. Se veía en la Iglesia de Varzy; 1º un relicario de madera, recubierto de láminas de plata en forma de una pequeña iglesia del siglo XIII rematada en una torre y guardando dos trozos de hueso humano de cráneo en toda su densidad; 2º un relicario de madera en forma de brazo cubierto de placas de plata dorada, en la que se encontraba una parte del hueso húmero de un cuerpo humano, de cinco a seis pulgadas de largo; 3º un relicario en forma de busto que contenía dos trozos de los lados de un cuerpo humano, extremidades que contenían vértebras, con esta etiqueta: Santa Eugenia. Se ignora lo que ha ocurrido con el tercer relicario que no se encuentra en Varzy; en cuanto a los dos primeros existen aún; han sido transferidos lo mismo que otras reliquias el 9 de octubre de 1792 de la Iglesia Colegiata de Santa Eugenia a la Iglesia de San Pedro, donde se las ve todavía. Otro relicario de ébano hecho en 1733, guarda también reliquias de Santa Eugenia. Difícilmente se comprende como los relicarios de Santa Eugenia, de San Regnoberto y de otros, recubiertos por láminas de plata han podido escapar a la codicia sacrílega de los revolucionarios del 1793. El 21 de marzo de 1858, Mgr Crosnier protonotario apostólico y vicario general de Nevers, acompañando a Mgr Domingo Agustin Dufétre, en el curso de visitas pastorales, después de haber examinado los ellos aplicados sobre las reliquias de Santa Eugenia y haber constatado su autenticidad, renovó los sellos antiguos, de los cuales muchos se habían quebrado en parte.

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